Muchos años después, sentada en el taburete de su cocina, la vampiresa Wanda recordaba su infancia en Macondo mientras se deleitaba con un gran vaso de zumo de granada. Observaba el cuerpo de un musculoso hombre desnudo sobre el sofá blanco del salón. Su apartamento tenía una decoración minimalista, todo era luminoso y pulcro.
Unas gotas de líquido se derramaron por la comisura del labio, dejó seguir su camino hacia el pecho, seguro que lo hizo a posta, disfrutaba observando el curso del zumo rojo sobre su pezón erguido.
Estaba amaneciendo, los primeros rayos del sol se filtraban por las finísimas cortinas de lino. Decidió comer algo antes de darle otro asalto al macizo cuerpo del salón.
Wanda sabía cómo mantenerse en forma, su cerebro necesitaba mielina; conocía muy bien las vitaminas del grupo B para mantener sus nervios ágiles y sus reflejos “a flor de piel”. Abrió la puerta del frigorífico, la luz iluminó su cuerpo desnudo, sabiendo que alguien podría verla a través de la ventana abierta de la cocina, eso le gustaba, es más, tenía controlado al vecino que la observaba diariamente con un telescopio, ahora estaría disfrutando como loco de ver su esbelto cuerpo y su larga melena pelirroja potenciada por la luz del frigorífico. Con un dedo recogió el zumo de su pezón y lo saboreó entre sus labios antes de buscar su desayuno vivo entre los estantes del frigorífico; cogió una cazuela cubierta con un paño húmedo y la llevó a la mesa, se relamió como siempre mirando hacia la ventana, sabía que en edificio del otro lado de la avenida estaba él, como siempre, esperando el espectáculo. Wanda había investigado a su vecino voyeur, era un joven informático que pronto se convertiría en su próxima “víctima”, después de que le instalara su nueva impresora 3D para alimentos, por supuesto. Se acarició el cuerpo junto a la ventana, la primera ráfaga de aire de la mañana la estremeció, las luces de la calle se apagaban, la gente se dirigía a sus trabajos pero el horario de Wanda era diferente, después del desayuno se acostaría a descansar. Sus manos recorrieron los pechos sin rastro de zumo y bajaron al pubis estirando el vello incipiente, comprobó que ya había crecido demasiado, tendría que volver a depilárselo.
Levantó el paño húmedo, la capa de hielo le trajo recuerdos de su pueblo, un lugar inhóspito al que nunca volvió. Wanda estudió medicina y escribía en revistas de gastronomía, era una apasionada de las novelas de vampiros… y sobre todo de vampiras, como la de Carmilla (S. Le Fanu, 1872), la primera vampira lesbiana. Su voz privilegiada con un exótico acento cotizaba alto en las empresas de doblaje y de servicios de Internet. Gracias a su timbre voz tan sensual engatusaba a sus presas y, cuando la veían, se rendían a sus pies. El hombre atlético que ahora estaba en el salón había sido su esclavo durante una semana, era un chef famoso que le cocinaba los platos más exquisitos entre fogosos encuentros sexuales, ahora tenía otro objetivo: el informático voyeur.
Bajo los cubitos de hielo estaban las ostras vivas, ricas en mielina y zinc, fun-damental para la coagulación de la sangre y para la producción de testosterona y esperma. Cogió un cubito y lo deslizó por un brazo del chef.
—Despierta cariño, vamos a desayunar —le susurró al oído con su mejor modulación.
—Fanny, siempre me dejas exhausto —le dijo como halago mientras se incorporaba del sofá.
—Soy Wanda, recuerda.
—Vale, Wanda, seguimos en modo teatral, ¡mira que te gusta!
—Quizá en otra vida fui vampira, hasta es posible que me esté convirtiendo de verdad en una… entonces te morderé, ¡jajaja!
—¿Más aún? ¡Mira cómo me tienes! —señaló su pene semierecto—.Tus felaciones no tienen fin.
—Vamos a la cocina, las ostras son buenas para la producción de semen.
—¿Pero tu papel en esa obra no es de vampira de sangre? ¿Acaso te estás preparando para ser una vampira feladora?
A Fanny le gustaba interpretar el papel de la vampira Wanda en su vida real; no estaba ensayando para el teatro o el cine, como les hacía creer a sus amantes. Acostó a Peter boca arriba en la mesa de la cocina, abrió las ostras dejándole caer su jugo sobre el cuello y colocó la carne sobre el cuerpo de él. Antes de lamerlo y absorber las ostras cerró la ventana, el vecino voyeur ya tenía su dosis diaria —pensó— y así lo dejaría con ganas de ver más. Wanda estaba cultivando su próxima perla, su próxima “víctima”.
Le dio ostras para que su boca segregara más saliva con sabor salado, agua de mar; le indicó que cerrara los ojos e imaginara el ruido de las olas mientras se colocó encima de él para ofrecerle su ostra más preciada.
—Déjame marchar, hace una semana que no paso por el restaurante.
—¿No te gusta cocinar sólo para mí?
—Me encanta, pero voy a perder el negocio. Tú no te satisfaces nunca, hay que mantener un equilibrio entre los tres placeres: comer, beber y follar.
—Yo los mantengo en equilibrio, solo que tú no sabes mucho de mí. Como dice García Márquez: “Todos tenemos tres vidas, la pública, la privada y la secreta”.
—No sé cómo te apañarías con 100 años de soledad, ¡jajaja!
Al día siguiente, Fanny puso en marcha su nuevo plan; atraer al informático voyeur no sería muy fácil, normalmente los voyeur no entran en contacto direc-to. Dejó abierto el portátil por la página de un foro de gastronomía, con una petición para que alguien le aconsejara sobre las impresoras de alimentos en 3D y el software. Sabía que el telescopio de su vecino sería capaz de adentrarse en su cocina y curiosear por la pantalla del portátil sobre la mesa. Bastó la dura-ción de una ducha con amor propio, es decir, con masturbación, para obtener el resultado que esperaba; Henry era el seudónimo, allí estaba la respuesta escrita. Se sentó ante el portátil envuelta en una toalla y con otra en la cabeza.
—Hola, soy informático, me llamo Henry. Todo depende de lo que quieras gastarte.
—Hola Henry, soy Wanda, en realidad me da igual, me basta poder cocinar sin gluten.
—No miró hacia la ventana, sabía que él la observaba—.
¿Continuamos la conversación en privado por Messenger del facebook? Te doy mis datos.
Dejó la toalla en la silla y se levantó para prepararse un batido de granada en la licuadora sin poder resistirse a esbozar una pícara sonrisa pensando que su vecino no atinaría a escribir y mirarla al mismo tiempo, se acarició las caderas y se despojó de la toalla de la cabeza haciendo batir la melena como un látigo.
—Wanda, ¿nos podemos comunicar por Skype?
—Sí, pero espera que me vista.
—No importa, estoy acostumbrado.
—¿A qué estás acostumbrado? ¿También eres nudista?
—Sí.
—Entonces demuéstramelo.
—Ahora mismo no puedo.
Wanda intuía por qué: tendría una erección de caballo. Lo calentó más obse-quiándole con la visión las caricias de sus pechos con una mano mientras escribía en el Messenger con la otra. Le propuso invitarlo a cenar en casa para que le hablara del software mientras le preparaba una cena espectacular. Aceptó.
—Adelante, Henry, siéntete como en tu casa. —“Que no está muy lejos de aquí”, pensó.
—Gracias por la invitación. He traído una botella de tinto.
—¡Desnúdate!
—¿Cómo? —Se puso nervioso.
—Es broma, ¡jajaja! —A Wanda le gustaba dominar todas las situaciones—.
He invitado a una amiga para cenar con nosotros, espero que no te moleste.
—No, no… estupendo. ¿Te instalo el software? —Se fijó en el elegante vestido corto y ceñido al cuerpo de color negro—. Estás espectacular.
La puerta de la calle se abrió y entró una joven de larga melena negra con un cuerpo exuberante y enorme sonrisa blanca.
Henry se quedó paralizado cuando se quitó la gabardina y reconoció que llevaba el traje de Vampirella, la heroína del comic de los años 70. Le dio un beso a Wanda en los labios, los tenían pin-tados del mismo color, rojo sangre.
—Henry, te presento a Vampi, mi amiga, compartimos el apartamento, aunque ella nunca está, viaja por todo el mundo, donde hay un evento de Cosplays allí está luciéndose. —Le guiñó un ojo.
—¿Sabes que somos vampiras de verdad, no, Henry? —dijo Vampi en tono amenazador paseando la lengua entre sus carnosos labios.
—Pero al menos no teméis a la luz —intentó decirlo en plan gracioso para romper el hielo—. ¿Instalo el software? —Ninguna le hizo caso.
—He traído una mermelada riquísima, es de vino monastrell. —Se dirigió deci-dida a la cocina, Wanda la siguió.
Henry estaba en el salón pensando si marcharse o no, se sentó en el sofá un po-co aturdido, unos segundos después escuchó risitas y se asomó a la cocina. Vio cómo Vampi le había subido el vestido a Wanda, que no llevaba bragas, y le acariciaba los glúteos mientras ella movía el culo y preparaba los aperitivos.
—Entra, por favor, no te quedes ahí, ayúdanos a llevar las cosas a la mesa, están preparadas allí. —Señaló el mantel y la vajilla sobre un gran arcón congelador.
La cena transcurrió con normalidad, bromeando sobre en qué se estaban convirtiendo las redes sociales, la absurda censura de facebook y cómo vendían nuestros datos personales. Hablaron del placer del voyerismo y del exhibicionismo. Saborearon la mermelada de vino monastrell con queso de cabra, croquetas de boletus y trufa, pato a la naranja, todo acompañado con los mejores vinos. Se encontraban alegres y desinhibidos.
—¿Qué te gustaría hacer, Henry? —Wanda utilizó su tono de voz más sugeren-te.
—No sé… lo que queráis.
—Eres un fetichista nato. Pídenos algo, venga —le rogó Vampi con picardía.
—Me gustaría conservar un bello púbico vuestro —se atrevió a decirles.
—Lo siento, en eso no puedo complacerte. —Vampi se desnudó para demostrar que no mentía.
—Elige el que quieras. —Wanda se subió el vestido y se acercó a Henry, que cogió uno y se lo guardó en el bolsillo, entre los pliegues de un clínex.
—Como nos has confesado que eres un voyeur empedernido, supongo que te gustará grabar la escena que estamos ensayando para una peli de vampiras —le dijo Vampi entregándole una pequeña cámara de vídeo—. Pero tendrás que hacerlo desnudo.
Henry acabó de un trago el vino de su copa y se desnudó. Wanda permanecía con el vestido por la cintura; abrazó a Vampi y la besó. Comprobaron cómo grababa entusiasmado acercándose a ellas; lo acariciaron y lo atrajeron al sofá, él gemía mientras grababa cómo Wanda le hacía una felación. Vampi le besó el cuello, acarició su torso y se acercó a Wanda para compartir la felación.
—Wanda, ¿hago hueco en el arcón congelador?
—Aún no, mañana me tiene que instalar el software.



