Trayectoria, compromiso y gastronomía

Encarna Zamora Navarro: la mujer que quiso volar y terminó dándole la vuelta al mundo

 “Mis hijos son mi mayor logro; el resto, solo trabajo y constancia”

Encarna Zamora Navarro ha construido una trayectoria excepcional como doctora en Farmacia, directiva internacional y consultora, pero también como viajera apasionada y mujer profundamente comprometida con la sociedad. Miembro de número y secretaria general de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia desde 2018, combina su amor por la gastronomía con una intensa labor solidaria, especialmente vinculada a África, continente que lleva en el corazón. Su vida, marcada por el estudio, el trabajo, la inspiración y la constancia, es el reflejo de una mujer que quiso volar y terminó cruzando océanos, dejando huella profesional y humana allí donde estuvo.

Hay personas que no caben en una sola etiqueta. Encarna Zamora Navarro es una de ellas. Doctora en Farmacia, empresaria, consultora internacional, académica, cooperante, viajera incansable y abuela orgullosa. Pero, por encima de todo, una mujer que ha vivido y vive con intensidad y sin pedir permiso.

Cuando le pido que resuma su vida en cuatro palabras, no duda: “Estudio, trabajo, imaginación y constancia.” Y en esas cuatro coordenadas cabe medio siglo de trayectoria profesional y vital.

Nos encontramos en El Baret Wine Bar de Murcia, entre vinos explicados con precisión académica y platos que reivindican el producto. Ella escucha cada explicación de Joan Belda como quien escucha una clase magistral y sonríe: “Es que cuando me lo explican así el vino me da ganas de probarlo.”

Mazarrón: playa salvaje y pan con chocolate

Encarna nació en Mazarrón. Hija única durante años, criada entre farmacia y playa, recuerda una infancia libre, casi salvaje. “Viví plenamente hasta los nueve años. Después mi madre decidió que yo no iba a ser una niña de pueblo y me mandó interna a Murcia.”

Pero aquellos primeros veranos quedaron grabados para siempre. “Los veranos eran maravillosos. Playa salvaje, no había luz ni agua corriente. Eran ratos salvajes, salvajes.”

La playa de Nares, el sol interminable, el pan con chocolate y una abuela presumida que jamás decía su edad. Como decía ella, “Hablar de edades es conversación de carreteros”, tradición que se sigue conservando en la familia.

La decisión de estudiar Farmacia… por descarte

Quería estudiar Medicina. Soñaba con estudiar la especialidad de pulmón y corazón, pero su padre, moderno con matices, le frenó. “¿Pulmón y corazón?…eso una mujer no va a tener éxito nunca.”

Así que eligió Farmacia. Sin vocación clara. Sin plan definido. “Yo quería volar. Quería salir de aquí.”

Lo que vino después fue excelencia académica: doctorado con sobresaliente cum laude y Premio Extraordinario. ¿El secreto?: “Cuando meto la cabeza en algo, no la meto a medias. Si voy, voy.”

Constancia. Método. Ambición intelectual. Trece asignaturas de química… y la certeza de que no iba a ser mujer florero en ningún sitio.

El salto al vacío

La universidad se le quedó pequeña. Endogámica, decía. Previsible. “Yo sabía que antes iban a llamar a los hijos del catedrático que a mí.”

Y entonces vio un anuncio que le cambiaría la vida: empresa farmacéutica murciana busca director técnico. No se lo pensó dos veces. “Fue un salto al vacío. No tenía ninguna preparación empresarial.”

Aquella empresa era Hefame. Allí empezó como directora financiera sin haber hecho jamás un balance. “No entendía nada. Pero apostaron por mí y me formaron” en el IESE en Máster de Dirección de Empresas… “No he estudiado más en mi vida ni he llorado más en mi vida.”

Terminó siendo directora general. En un mundo de hombres. “No había más mujeres que las telefonistas.”

En bancos, laboratorios y consejos de administración la miraban con desconcierto. “Me veían entrar y se quedaban así, como diciendo ¿esta quién es?”… Era ella. Y venía a negociar.

Europa, exportaciones y una denuncia histórica

Su liderazgo la llevó a presidir la organización de mayoristas farmacéuticos del sur de Europa (ORPHE).

Y cuando España puso trabas a la exportación de medicamentos dentro del mercado común, hizo algo que no era habitual. “Esta señora denunció al Estado español”, lo dice con media sonrisa. Sin dramatismo. Con la convicción de quien cree en las reglas del juego.

La consultora que no sabía quedarse quieta

Después de años de expansión internacional —abriendo mercado en más de cuarenta países— sintió que había llegado a la cima. Y eso la inquietó. “Yo ya me estaba acomodando y eso no me ha gustado jamás. Me gustan los retos.”

Montó su propia consultora. Trabajó en Polonia, Panamá, Miami, Colombia. En este último país, contratada por el gobierno de Estados Unidos para implantar normas de fabricación farmacéutica. “Ninguna empresa cumplía”, lo cuenta con la serenidad de quien ha vivido momentos de tensión.

“Yo pensaba que me iban a mandar unos pistoleros.” Y recuerda un episodio en Panamá cuando la policía antidrogas la interceptó por sus frecuentes viajes.

“En tres meses había viajado a Colombia, Panamá, Santo Domingo… pensaban que era traficante.”

Desde entonces, nunca viaja sin “papeles” en el bolso.

La viajera que quería cruzar los océanos

Pero si hay algo que atraviesa toda su vida es el viaje. “Desde joven soñaba con dar la vuelta al mundo en barco de vela.”

Quizá la herencia de su bisabuelo marino. Quizá la necesidad de horizonte…. El caso es que ha cruzado océanos, ha doblado el Cabo de Hornos, ha viajado a las zonas ´más alejadas de su casa y de entre Australia y Nueva Zelanda se queda con ésta última.

“Cuando te acercas al Cabo de Hornos en calma… es un hito que tienes en la cabeza desde siempre.”

El primer gran viaje fue una vuelta al mundo de 72 días.

“Yo conocía los hoteles y los aeropuertos, pero no conocía las ciudades. Por eso después me dediqué a viajar para conocerlas.”

Viaja sola, se aloja en riads en Marruecos, evita centros comerciales y se mezcla con la gente. “No soy el turista de sitios turísticos.”

África ocupa un lugar especial. “África es un continente que llevo en el corazón”. Allí ha trabajado en proyectos agrícolas, educativos y sanitarios. Allí ha aprendido que una chispa pequeña puede multiplicarse.

“La cara lo dice todo. Ves que lo que has hecho, que para ti no es nada, para ellos lo es todo”. Y añade una frase que la define: “Nadie que toca mi puerta sale con las manos vacías.”

La gastronomía como arte y química

Miembro de número desde 2018 y secretaria general de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia, su relación con la cocina viene de casa. “Mi abuela era una excelente cocinera. Cocina lenta, de olla, de cuchara. Eso me ha marcado.”

No come mucho, pero es exigente. “Soy muy de pijaditas.”

Para ella, farmacia y cocina son lo mismo. “Las fórmulas magistrales terminan diciendo: ‘Mézclese según arte’. ¿Y qué es la cocina? Mezclar según arte.”

Recuerda con emoción una experiencia de unos de su viajes a Japón, en Kobe. “La carne se deshacía en la boca. Lo que aquí te venden como Kobe no es Kobe.”

En Murcia, se queda con el caldero bien hecho. “Con pescado de roca, con ñora picada. Eso es irrepetible.”

Y la tortilla, por supuesto: “Con cebolla. Jugosa y con cebolla.”

“Mi mayor orgullo son mis hijos”

Tiene tres hijos: José María, Javier y Margarita. “Obviamente, el logro del que estoy más orgullosa es de mis hijos.” El mayor es director de Recursos Humanos en una multinacional japonesa; Javier, farmacéutico y vicepresidente nacional de SEFAC; Margarita, funcionaria en el Instituto de Estadística.

Esta es la piedra angular”, le dice su hijo mayor cuando la llama.

Hoy es abuela de ocho nietos. Una abuela poco convencional: “Soy la abuela viajera.” Organiza viajes para los quince miembros de la familia. “Se lo pasan pipa.”

No fue sencillo compaginar dirección empresarial, viajes constantes y crianza. “No era fácil. Yo trabajaba muchísimo. Pero siempre tuve claro que quería estar.”

Su madre fue un pilar fundamental. Y también el ejemplo de una mujer fuerte y adelantada a su tiempo.

La vida, sin embargo, también le enseñó la cara dura. Con una actividad tan dinámica, sin más remedio, la vida te pasa factura… y ésta fue el distanciamiento con su marido, padre de sus hijos. Esto marcó un antes y un después. “Te cambia la perspectiva. Te das cuenta de lo que es importante de verdad.”

Lejos de encerrarse, decidió multiplicar su energía en proyectos solidarios y culturales. Convertir el dolor en impulso. “No puedes quedarte parada. Hay que seguir.”

Servicio y compromiso

Encarna no entiende el éxito sin compromiso social. Colabora con proyectos agrícolas en África, apoya iniciativas educativas y participa activamente en asociaciones culturales y gastronómicas.

Pertenece a la Asociación Gastronómica Cultural Las Carchelas y es miembro de número y secretaria general de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia. Pero más allá del título, lo que le mueve es el propósito. “Si tú puedes aportar algo, aunque sea pequeño, tienes la obligación moral de hacerlo.”

En sus viajes a África ha participado en proyectos de desarrollo agrícola y formación. “No se trata de ir y dar dinero. Se trata de enseñar para que puedan seguir solos.”

Habla con respeto profundo del continente. “África no es pobre. África está mal gestionada. Pero es rica en personas.”

Y cuando recuerda escenas concretas, se emociona. “Una sonrisa allí vale más que cualquier premio aquí.”

Ese carácter humano, sencillo y cercano, explica por qué su agenda siempre está abierta a los demás: “Nadie que toca mi puerta sale con las manos vacías.”

El equilibrio entre ambición y humildad

Ha presidido organizaciones internacionales, ha negociado en Bruselas, ha trabajado para gobiernos extranjeros. Y, sin embargo, conserva una naturalidad sorprendente: “Yo soy una chica de Mazarrón”, y lo dice con orgullo. Sin falsa modestia. Quizá por eso no soporta la superficialidad.

“No me gustan las cosas a medias.” Cuando estudió, estudió hasta el Premio . xtraordinario. Cuando dirigió, expandió a cuarenta países. Cuando viajó, dio la vuelta al mundo. Cuando cocina, exige producto y técnica. Y cuando ama, ama con intensidad.

La vida como viaje continuo

Encarna no cree en la jubilación entendida como retirada. “Mientras tenga ilusión, seguiré haciendo cosas.”

Sigue viajando. Sigue estudiando. Sigue implicándose. Sigue imaginando. Porque, al final, esas cuatro palabras que la definen no son un eslogan: Estudio. Trabajo. Inspiración. Constancia.

Las repite casi como un mantra. “Si trabajas y eres constante, al final llegas.”

Su historia no es solo la de una farmacéutica brillante o una directiva pionera. Es la de una mujer que quiso volar y terminó cruzando océanos. Que quiso aprender y terminó enseñando. Que quiso viajar y terminó enamorándose de África.

Y que entendió que el verdadero éxito no está en los cargos, sino en la huella. “Lo importante es que cuando mires atrás, digas: ha merecido la pena.”

Y, escuchándola, uno tiene la sensación de que sí. De que ha merecido la pena.

Gastronomía y menú

El menú degustado fue un recorrido medido por una cocina mediterránea de producto, técnica y memoria, donde cada pase tuvo sentido dentro del conjunto.

La experiencia comenzó con un kimchi de pepino, fermentado durante tres meses, que aportó frescura, acidez y un ligero punto picante para despertar el paladar . Fue un arranque limpio y estimulante.

A continuación llegó el tomatico en conserva, asado a la brasa para aportar matices ahumados, acompañado de un alioli de doble yema y aceite picual, servido con pan de masa madre . Un bocado sencillo en apariencia, pero profundo en sabor.

La ensalada de tomate Raf de la Cañada, madurado cuidadosamente fuera de cámara , elevó el producto local con hueva de mújol curada, gelatina de aceituna manzanilla con manzanilla de Jerez, mayonesa de hueva, almendra marcona y un fondo dashi elaborado con mojama . Texturas y contrastes que obligaban a comer con atención.

Las croquetas de jamón ibérico, elaboradas a partir de un caldo intenso y leche fresca de cabra murciano-granadina , fueron pura cremosidad y tradición bien ejecutada.

La alcachofa, variedad madrileña de la Vega Baja , destacó por su carnosidad y profundidad vegetal.

Después llegó el plato fuerte: Un arroz de sepia con manitas, ligada con su propio guiso y acompañada de un alioli de perejil. Un plato meloso, sabroso y técnico, donde el colágeno de las manitas aportó untuosidad y la sepia mantuvo su textura firme, creando un equilibrio muy bien trabajado. Un arroz, servido al centro, que puso el broche final salado antes del postre.

Y de postre, tarta de chocolate, sopa de chocolate, pimienta y sal, y helado de caramelo salado. ¡Exquisito!

El vino elegido por Joan Belda fue de Abel Mendoza “La Sepultura del Mardallo”, elaborado sin madera, largo y profundo.

Una comida que acompañó una conversación donde viajar, cocinar y servir al mundo fueron parte del mismo relato.


 

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