Un cartagenero cuyo corazón late entre la industria, la fe y los fogones
Tomás Martínez Pagán: “Lo que hago por mi tierra no es un trabajo, es pura diversión”
Pasión por Cartagena, su comarca, sus tradiciones y su gastronomía
Profundizamos en la figura de Tomás Martínez Pagán, destacando su honda conexión con sus raíces en el Campo de Cartagena y su exitosa trayectoria en el sector industrial partiendo de la Formación Profesional. Definido por un inagotable espíritu de servicio, Tomás ha liderado instituciones clave como la Cofradía del Resucitado y las fiestas de Cartagineses y Romanos con una gran visión empresarial y humana. Su gran pasión por la gastronomía, que le ha llevado a la Real Academia de Gastronomía de la Región de Murcia, a ser presidente de honor de “Las Carchelas” y también socio de honor del Club Murcia Gourmet, se refleja en su defensa del producto local y de la cocina sencilla. A Tomás Martínez Pagán siempre lo encontraremos dando lo mejor de sí en pro de su trimilenaria tierra que tanto le dio.
Del campo de La Aparecida a la Real Academia de Gastronomía, un recorrido por la vida de un hombre marcado por el servicio, la industria y el amor a los sabores murcianos
Hay personas que, al entrar en una estancia, no necesitan presentación. Su sola presencia, esa mezcla de seguridad industrial y cercanía de barrio, lo dice todo. En la Región de Murcia, y muy especialmente en la ciudad trimilenaria de Cartagena, ese hombre es Tomás Martínez Pagán. Sentados con él, en la espectacular bodega que tiene en su casa, en una de las zonas residenciales de Cartagena, uno entiende que no estamos ante un directivo cualquiera, sino ante un “bizarro” de los que ya no quedan, un hombre cuya vida es un constante acto de servicio a su tierra.
De la lechería de Los López a la dirección corporativa
La historia de Tomás no se entiende sin el olor a tierra mojada y a ganado de su infancia. Nacido en 1956 en Los López, una pedanía de La Aparecida, sus raíces son humildes y profundas. Hijo de ganaderos y nieto de agricultores, Tomás creció con el valor del esfuerzo grabado a fuego en el alma. “Nací en los López… mi padre concretamente tenía su origen de lechero que era y tenía su ganado y allí nací”, nos confiesa con una nostalgia que ilumina su mirada.
Esa sencillez de origen marcó su trayectoria profesional. Cuando lo habitual era soñar con títulos universitarios de largo recorrido, él tuvo la visión de apostar por la Formación Profesional. Estudió Delineación Industrial en la Escuela Politécnica de Cartagena, una decisión que le permitió entrar rápidamente en el mercado laboral y empezar a escalar desde la base. Pasó por Talleres Tudela y dedicó 36 años al Grupo de Empresas Andrés Martínez (TAMAR), hasta llegar a ser director corporativo del Grupo Mecánicas Bolea.
A pesar de su éxito en el sector petroquímico y naval, Tomás nunca perdió el norte ni la humildad. “No he tenido ambición económica de escalar puestos a cambio de dinero… con mi titulación de delineante he llegado donde me propuse. No he pisado a nadie, he ayudado a todo el que he podido”, afirma con la tranquilidad de quien tiene la conciencia limpia. Esa misma filosofía de “ayudar a todo el que pueda” es la que ha aplicado en cada uno de los mil “charcos” en los que se ha metido a lo largo de su vida.
Un espíritu de servicio inagotable: El gestor de lo público
Para Tomás, Cartagena no es solo su lugar de nacimiento; es su pasión y su deuda pendiente. Ha sido presidente de casi todo lo que se puede presidir en la ciudad: desde la Federación de Tropas y Legiones de Cartagineses y Romanos hasta la Cofradía del Resucitado, pasando por la asociación “Avanza Cartagena”, presidente de la Hermandad de Caballeros de Lepanto o la vicepresidencia de la FREMM. También ha realizado más de 20 pregones destacando el de la Semana Santa de Cartagena y del Carnaval de la ciudad, además de ser Embajador Marca Ejército.
Lo curioso es que, para él, coordinar a miles de personas en una fiesta histórica o dirigir una hermandad religiosa no es una carga pesada. “Lo que hago no es un trabajo, es una diversión… disfruto organizando, disfruto ejecutando y es un relax para mí que salga todo perfecto”, explica mientras gesticula con entusiasmo.
Su secreto ha sido siempre el mismo: aplicar la lógica empresarial a las instituciones civiles. Durante su etapa al frente de las fiestas de Cartagineses y Romanos, profesionalizó la gestión creando equipos por áreas. “El sistema que apliqué para presidir la fiesta era empresarial puro por áreas de trabajo y eso funcionó como funciona una empresa”, recuerda con orgullo. Esa eficacia es la que ha hecho que muchos partidos políticos (PP, PSOE, Vox) hayan llamado a su puerta, recibiendo siempre un “no” por respuesta. Tomás prefiere la libertad del sector civil, donde puede dar un “puñetazo en la mesa” si algo no funciona; algo que, según él, la política no permite fácilmente. “En política no se puede hacer… ir a una guerra sin tener tú el ejército de tu lado, casi con toda seguridad, lo que puede pasar es que la pierda”, sentencia con pragmatismo.
La gastronomía como forma de vida y de gratitud
Pero si hay algo que hace que a Tomás se le ensanche el pecho, más allá de los engranajes industriales o las procesiones, es la gastronomía. Para él, comer no es un mero acto fisiológico, es un acto de cultura, de amistad y de promoción de la Región de Murcia. Con más de 32 años escribiendo crónicas culinarias, su labor fue reconocida en 2023 al ser nombrado Académico de Número de la Real Academia de Gastronomía de la Región de Murcia.
Su visión de la cocina es democrática y auténtica. No se deja deslumbrar por los manteles de hilo si falta el alma en el plato. “No todo está en comer siempre caro… la sencillez también es importante”, nos dice, reivindicando que una buena sardina a la brasa o unos michirones bien hechos tienen tanto valor como una creación de autor. Su labor dominical en la prensa ha servido para poner en el mapa a muchos pequeños hosteleros que no tenían voz. “El capítulo más importante es dar a conocer rincones, cocineros y platos que a veces no se saben vender”, subraya con la generosidad que le caracteriza.
Es un enamorado confeso del producto local: el caldero, el arroz a la leña, el cordero segureño, la gamba roja de Águila y, por supuesto, el emblemático café asiático. Tan profunda es su vinculación con este mundo que es Socio de Honor de la Asociación Gastronómica Cultural “Las Carchelas”, donde comparte mesa y mantel con otros entusiastas de los sabores de nuestra tierra… y si le preguntamos por su restaurante preferido, no lo duda ni un instante. Para Tomás siempre estará el Restaurante Los Churrascos, dirigido por su gran amigo el chef José María Alcaraz, en un lugar privilegiado dentro de su escala de valores de restaurantes de la Región de Murcia.
Su generosidad en este ámbito es tal que ha adoptado una regla de oro: nunca hacer una crítica negativa. “Si yo voy a un sitio (bar, restaurante, mesón,…) y no me gusta lo que tomo, lo que hago es que no hablo de este establecimiento. Nunca opino lo negativo de nada”, nos cuenta. Para él, un mal día en la cocina no debería hundir el negocio de una familia que pone todo su esfuerzo en el fogón.
El hombre, el abuelo y el legado
Detrás de este hombre que ha recibido distinciones como Cartagenero del Año, Bizarro de Honor o la Gran Cruz de Caballero de Santiago, hay una esfera personal que protege y agradece. Reconoce que su intensa vida pública ha sido posible gracias al sacrificio de su mujer, Paqui, y de su hijo, Alejandro.
“La más sacrificada ahí ha sido mi mujer Paqui… hoy en día somos una familia feliz”, comenta con ternura en su voz. Ahora, con sus nietos Marco y Mayca, Tomás sigue encontrando esa “vitamina” que le da estar en la calle, ayudando y conectando personas.
Su motor es la gratitud. Siente que Cartagena le ha dado tanto que no le queda más remedio que devolverlo con creces. “He recibido tanto de la ciudad que soy generoso porque me veo obligado a agradecer lo mucho que me ha dado mi Cartagena”, afirma con contundencia. Al final de nuestra charla, no podemos evitar preguntarle por el gran dilema nacional. Su respuesta es pura “esencia Martínez Pagán”: “A mí me gusta sin cebolla, me gusta patata y huevo y cuajada”. Nada de experimentos líquidos; él prefiere lo clásico, lo auténtico, lo que se puede meter en un bocadillo y sabe a gloria.
Tomás Martínez Pagán es, en definitiva, el embajador que toda ciudad querría tener. Un hombre que, desde sus días de Boy Scout y su presidencia de la asociación de vecinos con solo 16 años, decidió que su vida sería para los demás. Hoy, sigue siendo ese “primer espada” dispuesto a organizar un homenaje o a recomendarte el mejor rincón para comer en el Campo de Cartagena, siempre con la mano tendida y la sonrisa en su cara.
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